NIVEL 1
EL DISPARADOR

NIVEL 2
LA FORMA
Tienes dos caminos:
Estás mirando desde tierra. Usa un narrador en tercera persona.
Estás allí, sobre la ballena. Usa un narrador en primera persona.
Límite de 1111 palabras.
NIVEL 3
EL DESAFÍO
Crea una leyenda sobre la ballena que surca los cielos sin rumbo. Su magia, los motivos y todo lo que se te ocurra. No te limites.
Cuando lo sepas todo, guárdalo: no lo puedes contar en la historia.
Aprovecha todo lo que sabes para dar realismo al mito, para insinuar y mostrar solo la punta del iceberg.
Comparte tu relato en los comentarios y podrás ganar una asesoría, una edición o ser publicado en Fabularium.
No llego a los 1111… me quedo en la mitad..
EL CREYENTE
El tipo al que había seguido hasta estas lejanas tierras me señaló el géiser como una prueba irrefutable. Me mostraba un chorro de agua gigantesco, poderosísimo, que expulsaba agua salada con una potencia irresistible.
—Esta es la prueba irrefutable —dijo.
Y me miraba con ojos de loco mientras señalaba el fenómeno geológico que, al parecer, destruía como falsas todas las concepciones sobre el mundo, el universo y Dios.
Yo había visto mostrar interés al Santo Oficio por gente que afirmaba cosas más templadas. No, no. No me verán ahí. Ya tuve que hartarme a comer jamón para evitar a esa gente.
Entonces yo ya tenía apalabrada la expedición, así que más que bochorno por el tiempo perdido en el viaje para que mi compañero acabase mostrándome la prueba «irrefutable» de su loca teología, sentí el peligro que corrían mis planes si estas disparatadas teorías llegaban a oídos de mis protectores.
Porque, digámoslo todo, son gente crédula.
Años de estudios me han convencido de la redondez de la Tierra, pero entiendo que es algo disparatado. Difícil de tragar. Convencer a los poderosos para que financiaran mi expedición me resultó en extremo complicado, y tuve que recurrir a trucos de charlatán. No me avergüenza, todo sea por la ciencia. Y bueno, por una generosa cantidad de oro.
Y este desgraciado me superaba en charlatanería. Si me atrajo a mí, ¡a mí!, a este géiser absurdo… ¡Qué efecto no tendrá, de llegar esta memez suya a los oídos reales! No podía permitir que vuelva a la Corte. Que infectase los oídos de mis protectores.
Así que la siguiente noche que dormimos al raso, lo estrangulé.
Todo esto meditaba mientras estaba en mi camarote estudiando las cartas náuticas, cuando los hermanos Pinzón comenzaron a gritar como gorrino en san Martín. En cuanto escuché el escándalo en cubierta, subí apresuradamente. Ojalá fuese un amotinamiento. Llevábamos una semana atrapados en una calma chicha y el aburrimiento hacía estragos. Un par de ejecuciones siempre suben la moral de la tropa.
Pero cuando puse un pie en cubierta solo tuve tiempo para ver el palo mayor de la Niña desaparecer por el horizonte.
—¿No hay un motín?
Me sentía confuso y no entendía qué estaba pasando. Me resultaba difícil pensar teniendo a un par de apestosos marineros gritándome al oído maldiciones que harían palidecer al Maligno si las escuchase.
En proa un grupo de tripulantes comenzó a gritar como locos señalando a babor.
—¡Capitán! ¡Mire!
Llegué junto a ellos justo para ver desaparecer a la Pinta. Más que naufragar, parecía haber resbalado… Era una imagen tan disparatada que trajo a mi memoria precisamente al loco y su malhadado géiser. Ese que me señalaba como «prueba irrefutable». Pensé, también, en la curiosa expresión en la que quedó su rostro cuando lo estrangulé. En la forma en que Su Majestad doña Isabel me guiñó el ojo cuando zarpamos, como dando a entender que la recompensa no iba a limitarse al oro.
—¡Capitán! ¿Qué hacemos?
Mirar, pensé.
Cuando llegamos a lo que, a todas luces, era el límite a partir del cual el mar, simplemente, se precipitaba como una catarata, comprendí qué había ocurrido. Como las otras dos carabelas, la Santa María resbaló y cayó.
Los marineros gritaban. Qué histéricos, por favor. Si la mayoría iba a morir de escorbuto o comido por los salvajes. Los hermanos Pinzón se mantenían en pie, agarrándose como diablos a cabos y escotas mientras sacaban sendos cuchillos gigantescos, y me hacían gestos amenazadores. Gente rencorosa.
Mientras caíamos, yo me santiguaba y pedía perdón a san Renato por mis pecados. Porque era claro que íbamos todos a rendir el alma al Soberano.
Pero, de repente, se hizo el silencio en la nave. Todos contemplamos, asombrados, aparecer junto a nosotros un enorme ojo. Una pupila vastísima nos contemplaba caer, con expresión de becerro.
Mirábamos ese espectáculo imposible, estupefactos, mientras caíamos a un abismo sin fin, y comprendí, con tristeza, que no habría ocasión de recibir el agradecimiento de Su Majestad. Mecachis.
Sin ninguna duda, es el mejor relato de Colón que he leído 🤣 (y lo estrangulé).