EL DISPARADOR

¿Por qué está llorando?


LA FORMA

Utiliza un narrador testigo. 

Quien nos cuenta la historia no participará en los hechos. Puede ser un familiar, un vecino o un compañero de clase. Elimina toda introspección sobre sí mismo, nunca debe ser el centro de atención.

Límite de 1000 palabras.


EL DESAFÍO

La historia que nos cuentes debe responder a la pregunta: ¿por qué está llorando?

El final de la historia ha de quedar abierto. El lector nunca sabrá qué fue del niño.


2 comentarios

  1. Rudi
    Yo no puedo decir que vi a Rudi llorar. Mentiría. Vi su rostro contraído, congestionado, con los ojos húmedos, sí. Apretaba los dientes con tanta fuerza que rechinaban. Pero no puedo decir que lloró.
    Rudi me amargó los últimos años de secundaria. Sentado detrás mía, me pinchaba con el punzón del compás cuando se aburría en clase, que era a menudo.
    —¡Ay!
    Los profesores ya le conocían. Me miró a mí, lo miró él y dijo:
    —¿Otra vez, Gálvez? ¡Al pasillo!
    Los alumnos éramos mayoritariamente de clase media: hijos de funcionarios en su mayor parte, pero el colegio becaba a unos cuantos jóvenes provenientes de situaciones sociales difíciles. Esos estudiantes eran como marcianos para el resto de nosotros. Rudi era uno de ellos.
    Durante el recreo, se entretenía amedrentándome un poco más:
    —El dinero del bocata, capullo. Por chivarte.
    —Pero… ¡si no he dicho nada!
    En esos ratos tratábamos de evitarlo. Jugábamos con un ojo puesto en él, manteniendo las distancias en un patio atiborrado de niños jugando al fútbol. Esa costumbre se convirtió en un automatismo: terminamos por hacerlo sin pensar
    Era corpulento y, además, repetidor; no había posibilidad de enfrentarse a él. Ni siquiera a los profesores les gustaba retarle. El de historia lo sufría especialmente, un profesor demasiado joven, con orejas de soplillo. En su clase, Rudi me susurraba desde su puesto:
    —¡Eh, Cortés!, ¿qué es el viento…?
    Había una expectación entre los compañeros de alrededor. La broma había sido repetida innumerables veces.
    —…¡las orejas del Jacinto en movimiento! —decía Rudi en voz alta.
    Su risa gastaba una energía salvaje que nos arrastraba a todos a nuestro pesar.
    —¡Gálvez, vaya al despacho del director!
    —¡Pero si me lo ha pedido Cortés que se lo contara!
    —¡Los dos al director!
    Sentado junto a Rudi, esperando para ver al director, pensaba en excusas para decir en casa. A la vez, ponía cara de estar de vuelta de todo.
    –¡Entrad!
    Yo caminaba detrás de Rudi y, en cuanto asomaba la cara, me decía:
    –Tu vuélvete a clase, Cortés.
    Rudi había tenido un único amigo en clase, eso sí. Algo así como un confidente, Palacios. Un chaval tranquilo y con pachorra que se convirtió en una especie de mediador entre Rudi y el resto de nosotros. Pero a mitad de curso su familia se trasladó a Madrid y lo dejó solo. O nos dejó al resto solos con Rudi.
    Cuando terminábamos las clases, caminaba muy lento detrás suyo para no alcanzarlo y, una vez que entraba en su portal, yo echaba a correr para no llegar tarde a mi casa.
    Yo fui testigo de cómo comenzó lo del perro. Ese día, en lugar de entrar a su casa, giró hacia el parque de enfrente. A Rudi le llamó la atención la gresca que un par de chavales mayores estaban liando.
    Fumaban y el mayor, que ya gastaba pelusilla en el bigote, se estaba entreteniendo en asustar a un pequeño chucho que sujetaba del cuello contra el suelo. Le acercaba la colilla encendida y se divertía al oírle gemir de pánico. En un momento dado eso no fue suficiente y le quemó con ella.
    Rudi, que se estaba acercando, cuando vio eso se abalanzó sobre el torturador. Rudi era corpulento, pero el otro le sacaba un par de años. Aun así, Rudi le soltó un puñetazo empleando todo el peso de su cuerpo que sonó con un chasquido horrible y que derribó al cretino. El otro muchacho salió corriendo.
    El chaval tumbado no se movía ni abría los ojos. Se le notaba un corte en el pómulo que sangraba. Mientras Rudi examinaba al perrucho, el macarra comenzó a recuperar el conocimiento.
    —Sé quién eres, hijoputa —balbuceó con voz pastosa—. Tu padre es el Trucha.
    —Pues ya sabes dónde vivo —respondió Rudi—. Cuando quieras, cogemos las navajas y quedamos aquí o donde sea.
    Y dicho eso, se giró para su portal.
    Me apresuré a llegar a casa mientras me proponía mantenerme invisible para Rudi lo que quedase de curso.
    Fue inútil, porque se volvió más codicioso. Robaba el dinero del bocata a un par de críos cada día, o te quitaba un cómic que habías llevado a clase y se lo vendía a otro niño. O te pedía rescate por él.
    Un día le descubrieron entrando a la sala de administración. Solía estar cerrada durante el almuerzo, pero los trabajadores se presentaron antes y le pillaron. Yo estaba esperando en el pasillo para comprar la lectura del trimestre: también vendían libros de texto, y entré tras ellos cuando se encontraron a Rudi y se montó un escándalo.
    —¡Lorenzo! Ven, por favor.
    Rudi torció el gesto cuando vio aparecer al director por la puerta.
    —¿Qué ocurre?
    Pero reparó enseguida en Rudi y su semblante mostró hartazgo. No hizo falta que nadie le dijese nada. Ordenó:
    —Ven a mi despacho, Gálvez. Tú, Cortés, vuélvete a clase.
    Rudi siguió al director. Mientras salían alguien dijo: «siempre igual con este chiquillo». El director estaba tan irritado que dejó la puerta entreabierta. Aunque gritaban tanto que podía haber estado cerrada y lo hubiésemos escuchado igual.
    —¿Por qué has entrado?
    Rudi se revolvía en la silla.
    —Buscaba el teléfono de Palacios, quería hablar con él.
    —Pero no podemos darte esa información, Gálvez. ¡Ni puedes ir fisgoneando por aquí!
    —¡Por qué cojones no me pueden dar su teléfono!
    —¡Porque sus padres piensan que eres una mala influencia! Ahora sal de aquí. Voy a llamar a tus padres para que vengan hablar conmigo.
    Salí corriendo antes de que me descubriera en el pasillo.
    Me preocupaba que al haber estado en medio de la situación Rudi pensara que tenía algo que ver. Fui tan pusilánime que, la tarde en que sus padres tenían previsto acercarse al colegio, mientras guardaba los libros en la mochila, le dije:
    —Oye, sabes que no me he chivado yo, ¿verdad?
    Se rió.
    —Claro, hombre, sabes que te iba a hostiar bien.
    Vi a sus padres sentados en un par de sillas frente a la puerta del despacho del director. Su madre, con aspecto cansado, se notaba que se había esforzado por arreglarse, mientras que su padre, un individuo malencarado, estaba mal sentado y se dirigía a ella con gestos bruscos.
    A Rudi se le endureció el rostro y se dirigió hacia ellos. Se cruzó con mi padre, que salía de allí.
    —Estaba saludando a un compañero. —Señaló al padre de Rudi.
    Mi padre trabajaba en un taller de coches. No sabía más de su vida laboral. Pero que conviviese todos los días con esa persona me hizo sentir más unido a él.
    —¿Su hijo es el chulo que está amenazando a toda tu clase? Vaya tela.
    De camino a casa, mi padre me explicó que le habían contado que Rudi había tenido todo este tiempo escondido a un cachorro en casa. Le había comprado pienso, un pequeño colchón donde dormía y juguetes. Durante semanas había estado el perro así oculto. Naturalmente, contaba con la complicidad de la madre, pero eso el padre de Rudi no llegó a sospecharlo. Los padres y el director relacionaron los hurtos y el perro. Le expulsaron del colegio una semana.
    Esa semana, yendo o volviendo del colegio, a la hora de comer o por la tarde, cuando terminaban las clases, veía a Rudi en el parque, paseando al perro y parecía feliz en grado sumo.
    —Mis padres me han dejado quedármelo —decía con una sonrisa.
    Yo no me explicaba cómo un castigo podía tener consecuencias positivas, me devanaba la cabeza, pero no lo entendía.
    —¡Que te diviertas en el colegio Cortés! —me gritaba cuando me veía yendo o viviendo del colegio.
    Pero todo lo bueno se acaba y Rudi volvió a clase. Una tarde, sacó de su mochila unas gafas de plástico rojo. Recortó los ojos de una careta de Frankenstein y los fijó con celo detrás de las lentes, que eran de plástico transparente. Cuando terminó, pegó el cuerpo a la mesa para que el profesor no lo viese y me tocó la espalda. Lo miré. Llevaba las gafas puestas y los falsos ojos, muy abiertos e inmóviles, le daban una expresión hilarante. Nos dio la risa, parecíamos perros afónicos.
    Entonces se incorporó y se quedó muy derecho, con los brazos cruzados.
    —Buenas noches, señores —nos dijo muy bajito.
    Yo miraba hacia atrás de vez en cuando y no podía parar de reír. A mi lado, Gómez y Dalmau enterraban la cara en el brazo mientras su cuerpo se sacudía por las carcajadas.
    El profesor se dio cuenta que pasaba algo, pero continuó la lección. Dio un par de miradas en nuestra dirección hasta que dio con el origen de los murmullos.
    —Gálvez, deme las gafas.
    Pero este no se movió. ¿Se había dormido o se hacía el dormido? El efecto cómico era inmejorable: llorábamos de la risa.
    Entonces gritó el profesor:
    —¡Gálvez! —mientras daba un golpe en la mesa—. ¡Las gafas!
    Rudi dio un pequeño sobresalto y se levantó mientras toda la clase participaba de la hilaridad. Nuestro compañero llegó hasta la mesa del profesor y dejó las gafas.
    —Al despacho del director —dijo y señaló la puerta del aula.
    Estuvimos sin poder contener la risa aún un rato.
    Un viernes a eso de las ocho de la tarde yo volvía de casa de un amigo cuando me crucé con Rudi en el parque, frente a su casa. Le había liberado de la correa y el perro correteaba por allí.
    —¿Dónde vas, Cortés?
    Me detuve a hablar con él. Le expliqué de dónde venía.
    —Eres amigo de Baeza. ¡Joder, tal para cual!
    Pero no lo dijo para molestarme y yo me reí con él.
    —Mira, ahí está mi padre —señaló Rudi.
    Salía del portal con una bolsa de basura que tiró al contenedor. De vuelta, vio a su hijo y cruzó la calle hacia nosotros.
    Entonces oímos gemir al perro. Caminaba tambaleándose. Vimos que dejaba un reguero de sangre. El animal tenía una herida en el costado por la que sangraba. Respiraba de una manera que no tranquilizaba. Se derrumbó a los pies de Rudi. Al otro lado del parque alguien gritó:
    —¡Que te follen, cabrón!
    Y salió corriendo. Era el chaval que Rudi había derribado de un puñetazo.
    A nuestro lado pasó corriendo, como una exhalación, el padre de Rudi, persiguiendo al muchacho.
    Rudi estaba arrodillado junto al perro. Su rostro estaba contraído, congestionado, con los ojos húmedos. Apretaba los dientes con tanta fuerza que rechinaban. Trataba de parar la hemorragia con la mano.
    Cuando llegó su padre, sudoroso y tosiendo, le espetó:
    —Nada. El hijoputa corría muy rápido. Pero le he reconocido.
    Y añadió:
    —¿Vas a llorar como una nena por un perro?
    El padre de Rudi dijo eso con ligereza, pero al ver la cara de su hijo, su rostro se ensombreció. Ayudó a Rudi a recoger al perro y corrieron hacia su portal.
    Me marché a mi casa, con el estómago encogido.
    El lunes siguiente fue la última vez que vi a Rudi. Los compañeros estaban habladores, se contaban entre ellos sus fines de semana. Pero Rudi estaba ausente y pálido.
    —¿Cómo está tu perro? —me atreví a preguntar.
    —Ya no hay perro.
    Recuerdo que hubo un examen de matemáticas que dejó en blanco. Solo escribio su nombre.
    —Pero, tío, ¿qué haces?
    Apenas dijo una palabra. Terminaron las clases de la mañana y nos fuimos a comer a casa. Por la tarde ya no volvió. Tampoco los días posteriores.
    No supimos que pasaba algo más hasta que lo leímos en el periódico.
    «En la tarde del sábado, un joven sin antecedentes delictivos recibió varias puñaladas que le dejaron gravemente herido. Murió poco después en el hospital, pese a las maniobras quirúrgicas practicadas de urgencia.
    »Según la versión policial se produjo un intercambio de insultos “sin motivo aparente” entre dos grupos de menores que se encontraron, al parecer, de forma casual. La tensión subió hasta el punto de que dos jóvenes de cada grupo comenzaron una pelea a puñetazos y la violencia escaló hasta precipitar el luctuoso resultado final.
    Mi padre me contó que Rudi estaría tutelado por un tribunal de menores, y que su padre se había despedido del trabajo.
    —Me lo encontré de casualidad. Me dijo que se van a vivir con su hermano en Almería, que le ha ofrecido ser socio en un taller que ha montado allí. Todo fue muy normal. Tanto que, cuando nos despedimos y él se fue, me tuve que sentar porque me sentí mareado..
    En casa no se habló más del tema.
    La semana siguiente, durante el recreo yo me había quedado en clase para leer un comic cuando entraron el profesor de historia y una mujer.
    –¿No sales al patio? –me preguntó –. Esta señora es la tía de Gálvez.
    Venía a recoger lo que Rudi había dejado en el pupitre.
    —Qué desgracia todo lo ocurrido —dijo el profesor, afectado de una manera que me sorprendió. Pensaba que le odiaba.
    Entre las cosas que sacó su tía estaban las gafas. Las sostuvo un instante. Levantó los ojos y me pilló mirándola.
    —¿Las quieres? —me dijo.
    Pero no sabría qué hacer con ellas.

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