EL DISPARADOR

Esta es la escena final de la historia:

En la cama de una habitación de un motel de carretera, un bebé juega con una pistola. Usa el cañón del arma como si fuera un mordedor.

Sobre la mesa descansa una pequeña jaula. Es una de esas que se usan para los hámsters o los ratones. Solo que en su interior no hay ningún roedor: hay un dedo índice perfectamente cortado, con la uña ennegrecida y unos cuantos pelos arremolinados sobre el nudillo.

El televisor tiene un agujero en el centro de la pantalla. En su interior una diminuta llama empieza a cobrar vida.

La puerta de la habitación está abierta de par en par. Una bolsa de palomitas de maíz se derrama en el umbral, y un zorro las huele sin decidirse a probarlas. 


LA FORMA

Utiliza una estructura invertida.

Cuenta la historia en cuatro escenas, desde el final hasta el principio.

Cada escena tiene un límite de 300 palabras.


EL DESAFÍO

Prohibido el resumen narrativo.

Prohibido contar nada, todo se ha de mostrar en tiempo real.

Utiliza los diálogos como motor narrativo.

Busca que el subtexto explique la escena. Que el lector «vea» lo que pasa, pero no sepa por qué está pasando.


2 comentarios

  1. Aquí experimentando con varias cositas. Espero que se conserve el formato.

    PAYASO

    Fátima chasqueó la lengua. Miró a su alrededor sin salir de la cama. Su índice masculino se mantuvo en el gatillo.
    —¡Revélate, imbécil! —gritó ella con su voz distorsionada.
    En respuesta, una risa histérica hizo vibrar todo dentro de la habitación.
    —¿𝑌 𝑞𝑢𝑒́ 𝑚𝑒 𝑣𝑎𝑠 𝑎 ℎ𝑎𝑐𝑒𝑟, 𝑑𝑒𝑑𝑖𝑡𝑜? ¿𝐶𝑜𝑠𝑞𝑢𝑖𝑙𝑙𝑎𝑠?
    —¡Te mato, a ti y a tu bufón!
    Fátima volvió a apuntar a Oliver. Él se quedó petrificado, al lado de la TV agujereada. Mojó sus pantalones.
    —¡𝐽𝑎! 𝑀𝑖 𝑝𝑎𝑦𝑎𝑠𝑜 𝑒𝑠 𝑚𝑢𝑦 𝑑𝑖𝑣𝑒𝑟𝑡𝑖𝑑𝑜, ¿𝑛𝑜 𝑡𝑒 𝑝𝑎𝑟𝑒𝑐𝑒? 𝑌 𝑛𝑜 𝑠𝑜𝑙𝑜 𝑠𝑒 𝑜𝑟𝑖𝑛𝑎 𝑐𝑢𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑠𝑒 𝑎𝑠𝑢𝑠𝑡𝑎.
    —¡Espere, amo! —gritó Oliver.
    El cuerpo de Fátima comenzó a retorcerse. Produjo un sonido húmedo de carne y huesos mientras se encogía. El índice maldito salió despedido del cuerpo y rodó por la alfombra.
    Sobre la cama, solo quedó una bebé regordeta quien, con inocente interés, tomó el arma a su lado y se la llevó a la boca.
    Los ojos de Oliver se llenaron de lágrimas y un ataque de arcadas se apoderó de él.
    —𝐴ℎ𝑜𝑟𝑎, 𝑚𝑖 𝑝𝑎𝑦𝑎𝑠𝑜, 𝑙𝑎𝑠 𝑟𝑎𝑡𝑎𝑠 𝑣𝑎𝑛 𝑒𝑛 𝑗𝑎𝑢𝑙𝑎𝑠. 𝐴𝑔𝑎𝑟𝑟𝑎 𝑎 𝑚𝑖 𝑚𝑎𝑠𝑐𝑜𝑡𝑎 𝑦 𝑔𝑢𝑎́𝑟𝑑𝑎𝑙𝑎 𝑑𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑣𝑎. ¡𝐸𝑠 ℎ𝑜𝑟𝑎 𝑑𝑒 𝑠𝑢 ℎ𝑢𝑚𝑖𝑙𝑙𝑎𝑐𝑖𝑜́𝑛!
    El dedo se retorció cual gusano, enterrando la uña en la mugrosa alfombra en su intento de escape.
    Oliver apretó los labios y los párpados, pero acató las órdenes. Recogió el dedo inquieto y lo metió en la jaula de la mesa.
    Sin atreverse a mirar a la bebé otra vez, giró hacia la puerta. Se congeló. Una recamarista estaba ahí, presenciándolo todo. Ella dio un tembloroso paso atrás.
    —¡𝐴ℎ, 𝑢𝑛𝑎 𝑧𝑜𝑟𝑟𝑖𝑡𝑎! ¡𝐽𝑎, 𝑗𝑎! ¿𝐸𝑛𝑡𝑖𝑒𝑛𝑑𝑒𝑠? ¡𝑍𝑜𝑟𝑟𝑖𝑡𝑎!
    La chica se retorció al igual que Fátima, hasta convertirse en un zorro. El animal olfateó las palomitas en la entrada.
    Oliver gimió y se jaló los cabellos. Huyó de la habitación a tropezones.

    ***

    Con el Sol de mediodía bañándolo y una bolsa de palomitas, Oliver volvió a la habitación. Abrió la puerta.
    —¡Servicio a la habitación! —cantó con entusiasmo. Pero al mirar al interior, las palomitas cayeron olvidadas en el suelo—. ¡Fátima! —Corrió hasta la cama.
    La mujer no respondió, tenía los ojos cerrados. Estaba pálida, con una respiración apenas superficial y lo único que daba color a sus labios partidos era la pintura que había compartido con ella durante sus besos.
    —¡Fátima! ¿Estás bien? ¡Habla!
    Oliver estaba a punto de quitarle la sábana, pero ella abrió los ojos de golpe. Las pupilas permanecieron fijas en el techo unos segundos antes de girarse bruscamente hacia él.
    Un bulto se alzó bajo la sábana. La forma de un cañón, apuntando directo al pecho de Oliver.
    El payaso jadeó. Se apartó.
    ¡Bang!
    La primera bala se incrustó en la pared. La mujer se sentó, se quitó la sábana de encima y volvió a apuntar.
    Oliver soltó un grito agudo. Aquel dedo horripilante en el gatillo de un arma de fuego.
    ¡Bang!
    Oliver la esquivó a costa de golpearse con la esquina de la mesa.
    La pantalla de la TV estalló. Un agujero en su centro.
    —¿Fá-Fátima? ¿Qué estás…?
    —¡Busco a tu amo, payaso! —gritó ella con voz doble y el rostro deformado.
    La risita de antes abandonó la cabeza de Oliver y zumbó en el lugar como una carcajada demoniaca.
    —𝑂ℎ, ¡𝑚𝑖 𝑟𝑎𝑡𝑖𝑡𝑎 𝑓𝑎𝑣𝑜𝑟𝑖𝑡𝑎! —La voz burlona emergió de todos lados y de ninguno—. ¡𝐶𝑢𝑎́𝑛𝑡𝑜 𝑡𝑖𝑒𝑚𝑝𝑜! ¿𝑀𝑒 𝑒𝑥𝑡𝑟𝑎𝑛̃𝑎𝑠𝑡𝑒? —le dijo al dedo.
    Algo crujió en la mesa. La pareja miró, era el teléfono. El plástico se deformó hasta convertirse en una jaula para hámsters.
    Oliver sudó al percatarse de lo que su amo estaba haciendo.

    ***

    El logo de neón del motel iluminaba tórpemente el pasillo, aunque no más torpe que el par que se tambaleaba por ahí al caminar. El aire helado con polvo seco los hizo temblar, pero siguieron riendo hasta llegar a la habitación.
    Una vez adentro y sin prestar mucha atención a la puerta, Fátima enrolló sus brazos en el cuello de Oliver y azotó sus labios contra los de él.
    Oliver no demoró ni un segundo en corresponder y ambos cayeron en la cama impregnada de tabaco.
    Una vez ahí, viendo a Fátima desabrochar su blusa con urgencia, Oliver tomó la sábana doblada que estaba sobre la almohada. La extendió y cubrió a ambos con ella.
    —Pronto voy a calentarte, eso no es necesario —susurró ella.
    —Así es más íntimo.
    —Pero así no te veo.
    —Esto es mejor. Prometo que te gustará.
    La risilla burlona en la cabeza de Oliver volvió y el payaso respiró profundo varias veces.
    Mientras lo hacía, el dedo de Fátima se enderezó de nuevo y dirigió al resto del brazo hacia su objetivo: la manga del payaso. La yema se deslizó por el satín de lunares.
    Oliver se erizó.
    —Que no me toque.
    —¡Pero le gustas!
    —Ponlo bajo la almohada o algo. Hablo en serio.
    —Qué aburrido. Mira que te iba a mostrar sus mejores trucos.
    Oliver atrapó su muñeca y la sujetó contra la cama.
    —Los trucos déjamelos a mí.
    Y volvió a besarla.

    ***

    El barman del motel «Zorro Estepario» puso otro vaso sobre la madera desgastada. Oliver deslizó su mano hasta el cristal sin apartar la mirada de la parlanchina mujer a su lado.
    —… y el doctor dijo que era un milagro. Un trasplante exitoso. Pero a veces… bueno, tiene vida propia —continuó Fátima, riendo. El dedo masculino señaló a Oliver por quinta ocasión en la noche—. ¿Lo ves?
    —Deberías tener cuidado con esas cosas. No sale nada bueno de meterse con espectros.
    —¿Lo dices por experiencia?
    Una ajena risita minúscula resonó en la cabeza de Oliver. El payaso suspiró al escucharla. La pintura blanca en su cara se agrietó con su sonrisa.
    —¿Por qué crees que voy vestido así?
    —Mejor calla, eso te quitaría encanto. Me gusta mucho tu nariz. —El dedo se balanceó como un metrónomo nervioso hacia el círculo de pintura roja.
    —Digo lo mismo de la tuya.
    Ella acercó su mano a la de él, pero la retiró antes de tocarlo. El dedo, sin embargo, permaneció apuntándole.
    —¿Y alguna vez has pensado en… no sé, payasitos? —preguntó juguetona Fátima.
    —¿Niños? Les doy miedo. Y ellos a mí. No es una buena combinación.
    —Qué pena. Un bebé feliz en los brazos de un payaso me parece una imagen muy tierna.
    —Bueno, no podemos estar de acuerdo en todo.
    —Al menos en lo importante sí —rio ella y agitó la bolsa vacía de palomitas de caramelo—. Pide otra, ¿sí?

  2. Locura máxima 🤪 ¡Me ha encantado! Has seguido las instrucciones a la perfección, con lo difíciles que eran. Un texto impresionante 🙌 me obligas a regalarte una asesoría 🤡

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