EL DISPARADOR

Estás a punto de presenciar la creación de un invento que lo cambiará todo.

Pero no lo vas a inventar tú: tan solo eres un aprendiz.

El invento puede ser de esta época, de una futura o pasada. Puede estar hecho con cables y chips, con poleas, resortes o vapor, o con algo que no somos capaces de entender. No hay límites en la creación.


LA FORMA

Usa un narrador testigo. Estás allí, pero tus pensamientos e introspección no deben ser el centro de atención.

Usa el tiempo pasado.

Límite de 732 palabras.


EL DESAFÍO

Comienza la historia con una reflexión del narrador en presente, hablando sobre los hechos que nos va a relatar.

Describe el taller, laboratorio o lugar donde va a ocurrir el suceso, usando la vista, el olfato y el oído. Pero no todo en la misma escena. 

El clímax debe ser impresionante: el invento no va a hacer lo que se espera de él.


2 comentarios

  1. Comencé con el disparador pero, después, todo saliói mal….

    El regreso

    La noche no es más ese lugar de terror. La vencimos, de alguna manera. Un dios nos vino a proteger.
    Es por la tarde y nuestra pequeña tribu se encoge en el fondo de la cueva. En la estrecha apertura estábamos sentados el Anciano y yo. La cueva olía a humedad, pero era cómoda. Durante el día nos protegía del sol. Por la noche nos daba una oportunidad contra Yisha, el león.
    Asistimos con resignación a cómo la oscuridad cae sobre el mundo. El Anciano dice:
    –Que Yuma devore al demonio de la noche. Que el sol sea liberado y termine esta negrura.
    Olfateo el aire. Yisha tiene un aroma especial y ese olor viene a nosotros para darnos una oportunidad. Escucho, también. Una rama que se quiebra puede ser la señal para huir. La respiración de Yisha se escucha de lejos. Es necesario estar atento.
    El Anciano murmura algo, le oigo agitarse.
    –¡El pequeño sol! ¡El pequeño sol!
    Miro donde señala. Es cierto: un extraño pedazo de sol se mueve en la distancia.
    –Ha regresado.
    El Anciano echa a correr y yo le sigo. Trota con agilidad hacia el pequeño sol, que se bambolea en la distancia. Hay algo antinatural aquí, tengo miedo, pero no aflojo la marcha.
    Avanzamos en silencio, dejando atrás pequeñas bestias que duermen. Estamos cada vez más cerca.
    El pequeño sol lo lleva un joven. Su aspecto es terrible. Lleno de heridas. La sangre le cubre la piel como un líquido negro. El Anciano no duda, empuña la lanza y comienza a dar grandes zancadas mientras toma impulso. Suelta la lanza, que se desplaza a gran velocidad y se pierde en la oscuridad. Pero el Anciano fue un gran cazador, y aún no ha perdido sus habilidades. El joven cae desplomado. El pequeño sol se detiene.
    Llegamos al lugar. El trozo de sol está en el suelo, mordiendo un tronco. Estando junto a él puedo ver las cosas a mi alrededor. Dejo de tener frío. No puedo evitar contemplarlo asombrado.
    El Anciano toma el tronco y lo sujeta sobre su cabeza. El dios no suelta la madera. La tiene bien mordida, la devora. Es su alimento.
    –¡Ha regresado!
    Dice el Anciano, y echa a correr de vuelta a la cueva.
    Pero ahora, gracias al dios, puedo ver al Anciano perfectamente correr delante mio. Distingo los árboles junto a los que pasamos. Veo los ojos de algún animal nocturno. En ellos hay terror del pequeño sol.
    Cuando llegamos a la cueva, sin aliento, el Anciano me entrega el sol. Lo tomo aprehensivo. Nuestra gente nos rodea, asustados. Alguien trata de tocar al dios y cae al suelo aullando de dolor. El resto se retira, aterrado.
    –¡No!
    El Anciano advierte, no hay que tocarlo. Señala a dos mujeres y los tres se dedican a juntar madera. Recogen ramas y troncos con los que hacen un enorme montón a la entrada de la cueva.
    –En mi juventud lo tuvimos. Lo tuvimos y lo perdimos. Me he pasado la vida rogando que vuelva. Y aquí está.
    Toma al dios, que le entrego con alivio. Ha devorado casi todo el tocón y su cercanía hiere la piel de la mano.
    Un rugido nos alerta. Asomando por la cueva, está Yisha, que ha aprovechado para acercarse a nosotros sin que lo notemos. Su monstruosa cabeza se alarga hacia nosotros. Podemos ver su blanca dentadura, que ha destrozado tantos cráneos, desgarrando tanta carne. Su rugido resuena por las paredes. No hay forma de enfrentarlo.
    Me doy por muerto.
    Pero el Anciano grita algo. No se le entiende. Tira al dios a la madera y entonces sucede algo inusitado. El sol, agradecido por el alimento, crece y crece. Su luz es cegadora. El calor nos hace sudar y nos enrojece la piel. Su respiración desusada vuelve negro el techo de la cueva.
    Todos gritan presos del terror. Yisha es olvidado, pues un dios ha venido a destruirnos.
    Pero, poco a poco, el escándalo se va desvaneciendo. Abro los ojos: los miembros de la tribu están caídos en el suelo, temblando. Algunos sollozan.
    El dios está espléndido, ahíto de alimento, baila para nosotros deshaciéndose y recreándose sin cesar. A su lado, el Anciano, erguido al frente de la cueva, lo mira impertérrito. Dos lágrimas lentas resbalan por su rostro.
    Estudio los alrededores de la cueva. No hay rastro de Yisha.
    El Anciano está hablando.
    –Esta vez cuidaremos al dios con esmero. Cazará a Yisha por nosotros. Vencerá a nuestros enemigos. Saldremos de la cueva. Viajaremos sin tener miedo.
    Su rostro se torna grave y ya no despega los labios.
    Juntos vemos amanecer. Reflexiono sobre los planes del Anciano. Contemplo al sol nacer de nuevo y, por un instante, lo miro como un igual.

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